¿Cuántas veces he pasado por la misma escena? "Recurrente" se ha vuelto el adjetivo que describe mis emociones. Es verdad cuando dicen que las emociones no son estáticas, sino que se van transformando, ya sea con el tiempo, con las experiencias o con el transitar mismo de cada una. Pero como la luna, son fases que se repiten cada tanto, y aunque cada vez hago más intentos que me permitan entenderlas y recibirlas de una manera distinta, el cambio de temporada me sigue templando; siempre termino desprevenida para su visita recurrente.
Quizás sería más útil si lograra asimilar la tristeza cuando me siento triste y no cuando ya es una aparente lección aprendida. Sin embargo es más fácil mirar el camino cuando pasa la tormenta y la tierra está seca y firme; no importa qué tan memorizado se tenga el sendero, al final el frío y los pasos que se hunden en el lodo están acompañados de la incertidumbre de si será posible llegar o transitarlo sin percances de vida o muerte.
Ocurre, en los días buenos, que mi cuerpa se llena de energía, una energía que me inspira me motiva y me llena, me inflama cada poro de la piel hasta el punto de querer compartirla, de que no se quede solo en mí, de que se expanda, que crezca. Pero esos episodios son tan revitalizantes como efímeros, es verdad que cada vez es un acto más consciente el estar ahí, moverme desde el placer, comer desde el goce, amar desde el bienestar y existir desde la presencia; sin embargo, he de admitir que eso también hace que sea más evidente la brevedad de su permanencia y lo ajena que aún parece conforme se va consumiendo.
Quisiera poder retratarme con la misma facilidad con la que lo hago en los momentos de menor calidez, pero no puedo, intentarlo es como obligarme a mirar el infinito y tratar de describirlo en palabras. ¿Tan inefable puede ser lo que se vuelve una sensación? ¡La desgracia de quienes vivimos de palabras!, y es que ¿Cuánto logra traducir la empatía? No sé si alcanza, no sé si me es suficiente.
| Ilustración de Filippa Edghill |
Creo que ese ha sido siempre el tema, ¿no? Todo este tiempo he sentido que camino en círculos, pero ahora que lo pienso, me hace más sentido pensar mis pasos como una hipérbola de emociones y presencias que nunca terminan de tocarse unas con otras, justo cuando estoy avanzando, lejos del punto muerto de estancamiento, saltan los límites de mi propia existencia y de la existencia independiente de las demás personas, y entonces vuelvo con la misma fuerza intempestiva, en reversa y sin poder mirar por el retrovisor, a las muchas sensaciones de fatalidad, de vacío, en donde soy consciente de que están lejos y que somos dos parábolas que nunca, por más cerca que estemos, podremos cruzarnos.
En mi vida nunca pensé que las matemáticas podrían ayudarme a entender esta sensación de aislamiento constante, y sin embargo aquí estoy, buscando información sobre las fórmulas para identificar la lógica en la que vivo. Y aunque en realidad me parece maravillosa la lógica de dos entidades que pueden estar tan cerca y tan lejos la una de la otra, sin limitarse más que por el espacio auto determinado de quiénes son; a la luz de las emociones actuales también hace que me sienta muy ajena y aislada, como si coincidir y cruzarme en el plano con alguien, de poder tocarnos y ser una por un momento que nos permita por una vez sentirnos inmensas en un todo, sea imposible. Es como si fuera una condena y a la vez, también una maravilla.
Ya no sé si son las copas de vino, pero es que la hipérbola es el modelo matemático perfecto para mirarnos más allá de las idealizaciones románticas de la dependencia. Para mí, son la representación matemática de poder acompañar sin perderse a sí misma, tan cerca que casi te toque, pero con la distancia suficiente de no dejar de ser quién eres ni de perder el camino, aunque eso implique que en algún punto habrá distancias mayores que enfrentar.
Así es como en un intento por tratar de decir que me cuesta trabajo escribir en mis momentos de mayor estabilidad emocional, las incoherencias brotan en forma de modelos matemáticos que posiblemente ni siquiera estén siendo interpretados de manera correcta. Mi mente, acompañada del olor de la uva semiamarga del vino y la luz de mis luces de navidad permaneciendo a propósito en la sala, terminó escribiendo sobre un descubrimiento personal y un deseo de resignificación de la distancia.
No hay comentarios:
Publicar un comentario